Cuando la discapacidad es superada por los deseos de trabajar

A través de un programa social, 10 personas con discapacidades motrices aprenden cocina y cómo es eso de hornear pan, tortitas y alfajores.

“Uno cree que se le termina el mundo porque que de pronto, resulta que muchas de las cosas a las que estás acostumbrado y que son parte de tu vida ya no están allí”, dice Luis mientras amasa pan sobre la mesa de su casa, que queda al costado de un camino rural, al Este de Junín.

Es temprano por la mañana y el muchacho trabaja para completar los pedidos de pan casero de algunos vecinos; así y mientras conversa, va con su silla de ruedas por dentro de la casa, desde la mesa junto a la ventana que da a la viña hasta el horno pizzero que le donó el municipio.

“Tuve un accidente grave de moto y ahí quedé discapacitado. La verdad es que nadie está preparado para ese cambio y lleva tiempo entender, aceptar y reacomodar la cabeza”, agrega mientras controla la temperatura del horno.

Se llama Luis Leal, tiene 26 años y vive con sus padres en una humilde finca de Philipps, al costado de la ruta 60, donde la familia atiende un contrato de diez hectáreas de uva.

 

 

En la madrugada del 29 de marzo de 2009, Luis sufrió un grave accidente en moto cuando volvía de un cumpleaños de 15. Dice que esa noche había tomado alcohol y que no recuerda mucho: “Me quedé dormido mientras manejaba y más tarde me encontraron inconsciente unos amigos. Estaba ensangrentado y todo roto”.

Entonces pasó unos meses en rehabilitación cuando entendió que ya no iba a poder caminar: “Fue muy duro darse cuenta; yo estaba acostumbrado a lo de todo el mundo, a tener mi plata, a trabajar en la viña, a ser independiente y de pronto tenés el accidente y te dicen que vas a vivir en una silla. Es todo un golpe, pero en algún momento hay que aceptar las cosas y salir adelante; eso es lo que trato de hacer”.

Luis se está formando como panadero gracias a Cadim (Centro Amigo del Discapacitado Motor) y a un proyecto de micro emprendimientos con el que un grupo de diez muchachos y chicas con discapacidades toman clases de cocina y aprenden, junto a un chef y a dos cocineras, cómo es eso de hornear pan y cuál es la técnica para amasar tortitas, facturas y tapas de alfajores.

 

 

“Es un proyecto que ya tiene un par de años y que busca reinsertar laboralmente a personas con discapacidades adquiridas, por lo general problemas motores resultados de accidentes”, cuenta Fernando Alin, que dirige la experiencia en la sede que Cadim tiene en San Martín: “Lo ideal sería que estos muchachos tuvieran un empleo formal en alguna empresa o en un municipio, porque hay leyes que los amparan en ese sentido, pero no es sencillo y la verdad es que nadie sabe cuánto demora en aparecer un trabajo de ese tipo ni cuánto va a durar”.

Por eso Cadim apuesta a la capacitación y al micro emprendimiento: “La pensión que ellos cobran más lo que puedan ganar con el pan casero suma un dinero que siempre ayuda en la casa”, dicen en la institución. Este año el proyecto entró en una nueva etapa, gracias a la colaboración de algunas empresas de la región y del Concejo Deliberante de Junín, que se sumaron al proyecto y han donado hornos pizzeros.

Así, ya se entregaron este año cuatro hornos de seis parrillas, repartidos entre otros tantos jóvenes que aún no han cumplido 30 años y que apuestan a hacer de la elaboración de pan casero un ingreso extra.

 

 

María Rosa es mamá de Juan Robbio, un paciente oncológico que también aprende panadería y ya tiene su propio horno: “Él se siente muy bien, hace alfajores y los vende en la entrada del supermercado y también a un comedor que le encarga varias docenas. De a poco se hace conocer con sus alfajores y es un dinero que se gana con esfuerzo”. También preparan pan en sus casas Ángel Correa, víctima de accidente de tránsito, y Matías Basse, que sufrió una lesión en su pierna en medio de un asalto.

La casa que Luis comparte con sus padres queda sobre la ruta 60, pasando el pueblo de Philipps, donde las viñas y el descampado comienzan a ganar espacios, y el cielo y la tierra se juntan en el horizonte.

Al lado de la tranquera de su casa, Luis ha clavado un cartel escrito en tiza, donde ofrece pan casero y tortitas, aunque la oferta apenas puede leerse: “La última lluvia borró las letras, pero ahora voy a pintarlas con esmalte”, dice Luis, que amasa hasta tres docenas de pan por día y otras tantas de tortitas: “No es mucho pero supongo que el negocio ya va a mejorar”, sonríe sin dejar de amasar.

 

 

“Un deseo real de trabajar”

La comuna de Junín es una de las entidades que colabora con el proyecto y, entre otras cosas, dona garrafas de gas para alimentar los hornos durante los dos primeros meses; también participan Cáritas San Pedro, Contingencia Social de la provincia y la cooperativa eléctrica Algarrobo Grande.

“Aceptamos la invitación no sólo porque nuestra cooperativa tiene un compromiso social sino porque el proyecto apunta a chicos que, por lo general, carecen de recursos o viven en zonas rurales donde siempre es más difícil la reinserción”, cuenta José Álvarez, presidente de la cooperativa eléctrica, que donó uno de los cuatro hornos que entregó el proyecto.

“Son hornos profesionales y por eso mismo muy caros. Para que no terminen olvidados en una pieza de la casa, buscamos que exista un interés real, una demanda del muchacho que está aprendiendo panadería; detectar eso para nosotros es muy importante. La idea es que quien reciba el horno tenga un deseo real de trabajar y de superarse”, agrega Fernando Alin.

Fuente: Diario Los Andes

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